Un Relato Breve.
Sobre la mesita de madera caoba del salón quedaban dos copas medio llenas de Champagne Moët & Shandon ―desprovistas ya de burbujas―, un cuenco con restos de fresas y chocolate reseco, y la corbata de Beltrán. El gato persa de Martina restregó su lomo anaranjado y atigrado por la pata de aquella mesa con desdén aristocrático. La razón de tal exhibición de altanería no era un apremiante picor en la espalda, sino que lo hizo por el mero instinto de marcar territorio y de esparcir su olor por el mobiliario del salón. Con esto quería dejar bien claro a todo el mundo que él seguía siendo el rey de aquel lujoso ático de la calle Serrano. Una vez satisfecho su cometido matinal, el gato sorteó el mueble con agilidad y procedió a afilar sus uñas en su rincón favorito del sillón de cuero vintage.
Poco a poco, el deshilachado reposabrazos del sofá quedó iluminado por las primeras luces del amanecer, que atravesaban las altas cortinas del ventanal.
—¿Cuánto queda? ¿Qué hora es? —bufó ansioso Beltrán, mientras se metía la camisa por dentro del pantalón del traje con apresurada torpeza— ¿Has visto mi corbata? ¿Dónde coño está mi corbata?
—Son las ocho y veinte. Tranquilízate, la corbata estará en el salón. Faltan diez minutos para el meeting, pero si nos conectamos un poco más tarde, tampoco pasará nada. El director de ventas es tu cuñado, Beltrán, no te estreses.
—Nos estamos relajando últimamente. Acuérdate de cerrar tu micrófono cuando yo hable.
—Te ahogas en un vaso de agua, hijo mío, de verdad.
Mientras Beltrán rebuscaba la corbata por el salón, Martina se maquillaba a contrarreloj las pestañas con rímel, frente al espejo del baño. Ya estaba vestida de falda y camisa, pero todavía tenía el pelo alborotado.
—¡Joder! ―exclamó él, al tropezar con el cojín del gato― Me tenía que haber quedado en el hotel.
—Anoche no decías lo mismo cuando entraste por la puerta con el Champagne.
Beltrán recogió su corbata de la mesita de caoba junto al sofá, abrió la ventana para que corriera aire fresco, y se dispuso a preparar la reunión sobre la mesa del salón. Al poco tiempo de tomar asiento, sintió que una bola de pelo naranja se le había subido encima del regazo. El voluminoso gato le miró con ternura y empezó a ronronear, como si le pidiera que le acariciase para empezar el día con energía y un poco de cariño.
—¡Quita, quita! —dijo, para tratar de espantarle— Martina, ¿por qué demonios te compraste un gato tan grande y peludo? Si puede saberse.
—Me hace compañía. ¿Qué problema hay?
—¿No puedes encerrarle en la habitación?
—Esto es un estudio moderno. Ya lo conoces de sobra: las únicas puertas que hay son la de la entrada y la del baño.
—Pues le encerramos en el baño.
—Tranquilo, que si no te gusta mi gato estás invitado a irte a tu maravillosa habitación de hotel.
El gato obedeció y se bajó al fin de las piernas del hombre. No obstante, el otro tuvo que esmerarse en quitar con rapidez los restos de pelo que el animal le había dejado en el pantalón del traje y en la camisa. Una vez que comprobó que su vestimenta y la corbata estaban en perfecto estado, su pelo lacio estaba bien repeinado, y que la pared blanca del salón era lo único que se veía de fondo en la imagen de la cámara, se dispuso a unirse al programa de video-llamadas.
—¿Cuánto tiempo más vamos a estar haciendo esto? ―exigió ella, todavía desde el baño.
Beltrán se puso los cascos y sobrevoló el botón de «Entrar» con el cursor, pero no lo pulsó. Después, resopló y hundió la cara entre sus manos. Apoyó los codos en la mesa y se quedó mirando al gato, que reposaba adormilado en su cojín del suelo junto al sofá.
—Ya hemos hablado muchas veces de esto —suspiró él, después de un incómodo silencio.
—¿Hemos hablado? Perdona, hablo yo, más bien —le corrigió ella, alzando la voz sin darse cuenta—. Tú solo te limitas a follar conmigo cuando te lo permite tu agenda.
—¿Qué quieres de mí, Martina?
—Quiero que dejes de engañar a tu mujer, y que…
—Para ti es muy fácil decirlo —la cortó de inmediato él, dando una palmada en la mesa—. Tienes treinta y cinco años y no tienes familia. ¿Quieres que me divorcie ahora y que deje a mi hijo sin padre?
—No seas cínico. Si te divorcias, seguirás viendo a tu hijo todo lo que tú quieras, y al menos ya no habrá que seguir con esta farsa. Llevamos un año viéndonos a escondidas desde que tu cuñado te ascendió a subgerente de ventas.
—Ascendí por méritos propios, preciosa, y me gustaría que todo siguiera así. Me acabo de comprar un Mercedes y no va a pagarse él solito.
—Y, sí —añadió ella con un tono de voz áspero y duro, ignorando la réplica anterior—, me gustaría formar mi familia algún día, por qué no. Más pronto que tarde, si puede ser.
—Es absurdo lo que estás diciendo. ¿Acaso te estás oyendo? Ya está. Se acabó. Ya hablaremos de esto en otro momento. Voy a conectarme a la reunión, que vamos tarde.
Martina hizo acto de presencia en el salón sin poder disimular su cara de disgusto evidente. Se hizo un moño rápido con un coletero, se colocó sus gafas de pasta fina negra y se ajustó el cuello de la camisa, antes de sentarse frente a él. Sacó después el portátil del maletín del trabajo con un gesto violento, para evidenciar aún más su enfado, y comenzó a preparar también sus tablas de datos y la presentación para el departamento de ventas. Finalmente, colocó la cámara de su ordenador enfocando a la estantería, y se puso los auriculares sin dirigir siquiera la mirada hacia donde estaba sentado él. Como si no existiera.
Al comenzar la reunión, fue el director el primero en activar su cámara y micrófono, y encontró que Beltrán era el único conectado de momento. Aprovechando que, supuestamente, no había nadie más que ellos dos escuchando todavía, el director le saludó con afecto familiar:
—Buenos días, Beltrán, ¿Cómo está el pequeño Roberto? Puede que vaya a Valencia a veros pronto con Mari Carmen y los críos, en cuanto acabemos con este cliente cabrón que nos está apretando las tuercas. Espero cerrar la operación antes de Navidad.
—Bien, Francisco, por aquí todo bien. Roberto está muy gracioso, ya te podrás imaginar —contestó Beltrán, con una sonrisa forzada—. Ahora que ha empezado el colegio, está malo cada dos por tres, pero lo normal, vaya. Ya sabes que no hay mejor madre que tu hermana, ¿Qué te voy a contar yo que no sepas?
Martina aguardó a que se incorporaran a la reunión telemática los responsables de ventas de Zaragoza y de Barcelona, para unirse a ella después, como máxima representante del área de Madrid.
—Buenos días, Martina. Bien, creo que ya estamos todos. Empezad cuando queráis.
Precavido y ágil, Beltrán cerró su micrófono antes de que su amante comenzara a exponer, y luego se sumergió en la consulta de sus notas para su intervención posterior.
Puede que fuera el sonido de la dulce y cálida voz de Martina lo que atrajera la atención del gato, porque se subió de un salto invisible al regazo de su dueña. Martina interrumpió su exposición de manera brusca, y reaccionó nerviosa y titubeante, ya que se percató de que el gato había salido de manera clara en la pantalla.
—Disculpad a mi gato —dijo ella, agarrando al animal de las axilas y dejándole de nuevo en el suelo—, es muy cariñoso, pero también es muy pesado a veces.
—Debo decir que es un animal precioso. Raza persa, ¿verdad? —intervino sonriente el director, para quitarle hierro al asunto—. Ya sabes que yo soy un gran amante de los gatos, pero por desgracia les tengo una alergia terrible. Qué le vamos a hacer.
Martina concluyó su presentación sin más problemas, enmudeció su micrófono y dio paso después al responsable de Zaragoza. Tras la intervención del compañero de Barcelona, le llegó por fin el turno a Beltrán para que diera unas pinceladas finales a la operación de venta con el nuevo cliente.
—Bien, como ya comentamos la semana pasada en la reunión con el señor Michael J. Allen, el envío de siete unidades se hará bajo las condiciones…
Entonces sintió un cosquilleo en la pierna que le arrebató la concentración por un momento. Bajo la mesa, el gato había restregado el lomo por su espinilla y le había acariciado el tobillo con su cola peluda y espesa como un plumero. Con una leve y rápida patadita le apartó de en medio y prosiguió sin mayor sobresalto con su exposición.
Entretanto, el gato se aupó a la silla contigua a la de Beltrán y trató de acurrucarse allí para dormir, pero debió de encontrar aquel asiento incómodo, porque se levantó de nuevo y estiró la espalda. Tanto Martina, que estaba justo consultando su móvil en ese momento, como Beltrán, que seguía inmerso en su exposición, no se percataron ninguno de que el gato se había subido ya a la mesa. Con un paso ceremonioso, como si estuviera en la pasarela Cibeles, el rey felino caminó silenciosamente por la mesa. Sus patas se posaban sobre los papeles sin desplazarlos y sin hacer el más mínimo ruido, con una maestría para ser indetectable que había sido desarrollada por sus antepasados durante miles de años de evolución. Fue así, moviendo las orejas en actitud alegre y despreocupada, al tiempo que olisqueaba todo lo que encontraba a su paso, que el gato persa anaranjado de Martina se acercó poco a poco a Beltrán hasta que apareció en el encuadre de la cámara de su ordenador.
El hombre tardó demasiado en reaccionar porque tenía la vista fijada en el director de ventas, que era con quien tenía que rendir cuentas en última instancia. Lo que le alarmó y le hizo detener su discurso fue la cara rara que puso su cuñado: le vio fruncir el entrecejo en un inicio, como si hubiese perdido el hilo de su discurso y no le estuviera escuchando ya. Después, la expresión del jefe adquirió un cariz mucho más sombrío y desencajado cuando comprendió las consecuencias que lo que acaba de ocurrir.
—¿Está todo en orden? —trató de corroborar Beltrán, inconsciente todavía de lo que había sucedido.
Su vista entonces navegó del recuadro de su jefe al de su amante, que estaba en la esquina derecha de su pantalla: allí vio a Martina petrificada. Un último vistazo al recuadro que devolvía la imagen de su propia cámara, en la esquina superior izquierda, le confirmó sus peores presagios. Justo en ese instante, sintió que se le congelaba el corazón y un terrible hormigueo le recorría las piernas y las manos; como si su cuerpo estuviera bombeando toda la sangre a sus extremidades para salir corriendo de allí cuanto antes.
De un manotazo apartó al gato de su lado, pero era evidente que lo habían visto todos.
Ya no había marcha atrás.
—Compañeros, os voy a pedir que demos por concluida la reunión ahora mismo. La retomaremos lo más pronto posible. Muchas gracias —concluyó el director, con sequedad y sangre fría ante la estupefacción del resto de integrantes de la reunión.
La videollamada se desconvocó al instante para todos, y fue entonces cuando Beltrán miró aterrorizado a Martina; parecía que sus intensos ojos azules fueran a salirse de las órbitas. Ella tampoco fue capaz de articular palabra alguna, y se limitó a taparse la boca con las manos.
Tan sólo unos segundos después, el teléfono móvil de Beltrán comenzó a sonar y a vibrar sobre la mesa con un zumbido insoportable. En su pantalla, su dueño pudo leer con nitidez el nombre de la persona que le estaba llamando, más no se atrevió a cogerle esa, ni ninguna de las llamadas posteriores que le hizo.
Mientras tanto, el gato descendió de la mesa con un ágil brinco y caminó con decisión hasta la cocina, donde tenía su cuenco de pienso. Hundió el hocico en el almuerzo y se puso a masticarlo con un suave ronroneo de placer, al igual que un motor diésel al ralentí.
La mirada desquiciada y febril de Beltrán se fijó en él de inmediato, pues era aquel maldito gato persa quien le había arruinado la vida para siempre. Justo después, de manera irremediable e inconsciente, sus ojos cruzaron el piso hasta posarse en la ventana del ático, que todavía estaba abierta de par en par, y regresaron, esta vez más lentamente, a enfocar de nuevo al animal.
FIN
