Reseña sin Spoilers.
Vivimos en la era de los algoritmos, damas y caballeros, y cuanto antes lo aceptemos, mejor. Tienen para todos los gustos: desde uno para elegir qué juguete comprarle a su hijo en Amazon; qué serie ver calentitos bajo la manta; qué próximo video de Tik Tok consumir como una pipa de Tijuana; qué buen pagador es usted para que el banco le dé un crédito o no; de qué habló en su última conversación con sus amigos para que el móvil le muestre publicidad sobre ello minutos después, y un largo etcétera. Incluso ahora parece que con ChatGPT ya no tendremos que preocuparnos por escribir una sola línea más en la vida. Puede que este mismo texto esté escrito con ese algoritmo revolucionario. ¿Cómo podría usted diferenciarlo? Yo tampoco lo sé. Por el amor de Dios, ¿por qué tanta bilis para comenzar este artículo? Déjenme que me relaje un poco, les pido disculpas. Voy a prepararme una tila y vuelvo.
La razón es que acabo de ver la película The Banshees of Inisherin (Almas en pena de Inisherin), que ha recibido aclamación de forma unánime por parte de la crítica internacional, y ha sido catalogada como «obra maestra» con un 97% de críticas positivas en Rotten Tomatoes, 7.8 en IMDB, y un 7.1 en Filmaffinity. Me duele esto último porque yo confiaba en Filmaffinity, y seguiré confiando. Un tropiezo lo tiene cualquiera.
La tila está ardiendo, dejaré que se enfríe un poco.
¿De qué trata The Banshees of Inisherin? Pues la premisa, lo reconozco, es interesante, de hecho fue lo que me atrajo en un inicio: dos amigos dejan de serlo porque a uno de ellos le nace la repentina necesidad de cortar la amistad de sopetón, como si de una ruptura de pareja se tratara. Pero ahí reside el quid de la cuestión: en la premisa. Tengo la sensación de que al navegar por Netflix, HBO o alguna de las cincuenta plataformas que hay hoy en día, nos tratan de vender las películas con descripciones cortas y pegadizas al estilo de los diarios deportivos; lo que los americanos llaman tan acertadamente clickbait. Esas siete u ocho frases, meticulosamente delineadas con escuadra y cartabón por ingenieros del marketing, resultan ser un cebo perfecto para promocionar la película al estilo de un nuevo donut de Panrico. «Te dejará helado», «Nunca te reíras tanto», «Drama brillante», «Aclamada por la crítica»… Y luego espolvorean unas cuantas reseñas de cuatro y cinco estrellas por el cartel, y lo recubren de chocolate con menciones a festivales de cine de ciudades europeas, Cannes, Venecia, San Sebastián, Berlín, etc.
Alejandro G. Calvo, el magnífico crítico de Sensacine, utiliza a menudo el adjetivo tan preciso como aterrador de cine «algoritmo». Pese a que ese frío término se refiere en origen al tipo de películas de acción genéricas que nos están colando hoy en día como cine «de calidad», y que copan el podio de reproducciones de Netflix cada semana, a mi me gustaría expandirlo también a los géneros de monóculo más oscarizables; esos que suelen brotar justo en los dos o tres meses previos al festival de cine más prestigioso de Hollywood. En estos casos de cine algoritmo más sutil, las películas se maquillan con una sensibilidad y profundidad forzadas, mezclan arias de ópera o pianos melancólicos, y buscan además impresionar visualmente al espectador con multitud de tretas. No obstante, una vez que se pelan las capas de esta cebolla robótica —tan mecánica en esencia que ni te hace llorar al cortarla—, se llega a un corazón que late con la misma emoción que las líneas de código Python del ChatGPT.

Banshees cuenta en su reparto con el magnífico actor Brendan Gleeson (secundario de lujo de películas como Braveheart, Kindom of Heaven, Troya o Harry Potter), y un protagonista, para mí algo irregular y plano, que es Colin Farrell (me quedó mal recuerdo de la segunda temporada de True Detective). Ambos participaron juntos en In Bruges, del mismo director Martin McDonagh, y añadiré, para ser justo, que la cinta de McDonagh Three Billboards Outside Ebbing Missouri sí me pareció una película excelente, con uno de los arcos de villano más sorprendentes que recuerdo. En resumen: buen reparto, director correcto, localización exótica en una irlanda rural ambientada en los años veinte, una premisa interesante… ¿Qué puede fallar? Óscar asegurado.
Dicho esto, y después de haberme quemado la lengua con la tila ardiendo, procedamos a comparar la «obra maestra» de The Banshees of Inisherin con un clásico de los años cincuenta, para ver si nos la están colando o no. Lo siento, puede que esté sesgado en este análisis porque vi hace poco una película muy similar… y cuando digo similar es porque no quiero parecer conspiranoico. Me refiero a la maravilla de John Ford The Quiet Man (El Hombre Tranquilo), ambientada también en Irlanda, su tierra natal, en un pueblo imaginario llamado Innisfree.
¿Inisherin… Innisfree? No quiero decir nada con esto, no soy tan mal pensado.

Alarguemos nuestra estancia en el cottage irlandés de techo de paja y viga vista, y viajemos setenta años atrás. The Quiet Man (1952) está rodada en Irlanda y evoca más o menos la misma época que Banshees. Cuenta en su elenco de actores con el coloso John Wayne como protagonista —parte con ventaja, ya que pocos seres humanos se han acercado siquiera a la presencia en pantalla que desprendía Wayne—. La diferencia primordial entre ambas películas, salvando la distancia temporal, radica en la mirada de uno de los mejores directores de la época dorada de Hollywood frente a la de un algoritmo inerte. Perdón, voy a darle otro sorbo a la tila, que ya quema menos.
Los planos largos y estáticos de John Ford emocionan, te hacen vibrar con sus praderas verdes y te invitan a meter los pies en sus arroyos de la mano de Wayne y la bellísima Maureen O’Hara. Los de McDonagh, en cambio, apenas duran 4 o 5 segundos —se lo juro, los cronometré—. El resultado de ese efecto es la sensación de estar viendo una película de superhéroes de Marvel, en las que no se deja espacio ni tiempo para que el espectador se maraville con un paisaje, un rostro, el detalle de un amargo vaso de cerveza negra, o se deje mecer con la brisa de una playa de la costa irlandesa. Unos cortes frenéticos y constantes que me sacaron de la película por completo. Ni siquiera las modernas imágenes de dron que sobrevuelan los preciosos acantilados calan en Banshees, sino que parece que es necesario empujar la acción hacia delante para que el espectador no se quede dormido, como si fuésemos niños pequeños. Lo mismo digo con los planos de los personajes. Mientras que Ford varía su gama de planos entre el gran plano general —al estilo de sus wésterns de Monument Valley como Centauros del Desierto— y los planos americanos del Hombre que mató a Liberty Balance, entre muchos otros, McDonagh abusa del plano medio y corto desde múltiples ángulos posibles como una lavadora, sin dejar respirar la escena ni un par de bocanadas de aire siquiera. Y tampoco es que arriesgue con contrapicados y picados para aportar algo de dinamismo, sino que todo se reduce a dar vueltas alrededor de los personajes con muchas secuencias seguidas. Qué fatiga.
En cuestión de diálogos y de narrativa, en Banshees la intriga de la premisa inicial —dos amigos que dejan de serlo de la noche a la mañana— dura media hora. Enseguida comienza a desmoronarse la tensión como un castillo de naipes a medida que las secuencias van perdiendo peso, cuando debería de ser al revés. En el clásico de Ford, la historia se va enriqueciendo con multitud de personajes secundarios que surgen de las madrigueras como Leprechauns, y que adornan un romance creíble y verdadero, pese a que la escena en la que Wayne arrastra a la pobre O’Hara por los prados haya envejecido mal por su brutalidad (recordemos que es una película hecha en 1952 sobre los años 20). Aún así, The Quiet Man se toma su tiempo para labrar poco a poco una confrontación vibrante entre dos hombres contrarios, de los que se entiende bien su pasado y sus actos tienen lógica y coherencia, y que culmina con una de las peleas a puñetazo limpio más icónicas de la historia del cine. Al contrario, el conflicto de Banshees se vuelve ridículo tras la primera mitad de la película, y pese a que se aportan razones —como si el espectador necesitase de un narrador que le lleve de la manita por la trama—, me queda un regusto a estupidez impostada muy desagradable. Además, en la Irlanda que pinta McDonagh no llueve… no sé, no me lo creo, lo siento. Otro trago a la tila. Ya va haciendo efecto.

Además, Farrell se pasa la película entera con las cejas fruncidas y los ojos caídos, formando con ellos un triángulo perenne y lastimero que resulta monótono y melodramático en exceso. Consigue hacer reir en algunas escenas, pero se queda falto de carisma, en mi opinión. Gleeson tampoco es que tenga demasiado crecimiento como personaje, ni tampoco se llega a comprender sus motivaciones en ningún momento; el personaje las explica varias veces, pero no me resultan suficientes para justificar sus actos. Por último, la aportación de Kerry Condon como la hermana de Farrell me parece circunstancial e insignificante. Nada que ver con los actores secundarios de la película de Ford, como la excelente O’Hara y su gran entereza como mujer que sobrevive en un mundo patriarcal y hostil, o el inolvidable Barry Fitzgerald como Michaleen y sus ocurrencias desternillantes.
Es más, en cuestión de acentos irlandeses, los de Banshees resultan forzados y caricaturizados, pese a que los actores son naturales de allí, y están a varias millas de la sutil y magnética representación del espíritu irlandés de la película clásica de los años cincuenta. En ambas se trata el tema del IRA de la misma manera epidérmica; en el caso de Ford, por problemas con la productora, en el de McDonagh, por aprovechar que el Pisuerga pasa por Valladolid. Se reflexiona también sobre la masculinidad tóxica o no tóxica —repudio ese concepto, pero puede que porque sea un heterobásico—, y mientras que en una se deja intuir el mensaje, en la otra… no sabría decir qué opinión se trata de transmitir, ni creo que lo sepa el director tampoco. ¿Demasiadas similitudes? Juzguen ustedes, pero yo prefiero tomarme una Guinness en la Irlanda de Wayne y Ford. Quizás habría sido mejor una cerveza que una tila para ponerme al teclado.

En definitiva, les recomiendo que vayan a ver The Banshees of Inisherin porque hay que reflotar las salas de cine sea como sea, aunque les pediría también, de paso, que la compararan con The Quiet Man para saber si me estoy volviendo loco o no. Ahora que estoy apurando la tila, reconozco que me he reído varias veces con Banshees, porque tiene algunos aciertos también, por supuesto. Y debo añadir que esa sensación de compartir risas y lágrimas con otras personas en una sala de cine bajo el velo de luz de una misma pantalla gigante es digno de ser reivindicado.
Aun así, debo reafirmarme en que este éxito que la crítica pone por las nubes, por encima incluso de películas deliciosas de este año, como la también británica Aftersun o las españolas As Bestas y Cinco Lobitos, me parece del todo inmerecido. ¿Hemos degenerado por completo el término de obra maestra? ¿Hay esperanza en el cine? Por supuesto que la hay, eso es lo último que se pierde. Pero puede que el cine «algoritmo» nos esté ganando la partida peón a peón sin que nos demos cuenta; quizá porque estamos demasiado distraídos viendo Netflix en el móvil como para tan siquiera fijarnos en que han puesto un tablero de ajedrez sobre la mesa. Viendo la lista de nominados a Mejor Película de los Óscar de 2023 (Avatar 2 y Top Gun 2 están en la lista. Sí, lo ha leído usted bien), empiezo a reconocerme en el espejo como ese típico carroza cascarrabias que afirma que todo tiempo pasado fue mejor.
En fin, he apurado hasta la última gota de la tila y me da que necesito otra.
