Extracto del «Capítulo I – La Burla del Compás«
Febrero de 2002
Tantos años llevaba Carmen esquivando sombras en el metro de Madrid, que temía haberse convertido en una de ellas. Hombres y mujeres anónimos, agrisados, yendo y viniendo de sus oficinas azotados por el látigo del reloj. Ella viajaba siempre con su estuche de guitarra a la espalda, por lo que había desarrollado una habilidad extraordinaria para serpentear entre la muchedumbre. Mira por dónde vas. Casi me tiras el café. El vagón está lleno, ¿te importa poner la guitarrita en otro sitio? Ni siquiera con un sincero perdón quedaban acallados los ladridos, sus prisas eran más urgentes que las de nadie. Una vez que lograba embutirse en el vagón, mataba el tiempo observando aquella legión de caras mustias y derrotadas, diluidas entre la masa de abrigos, tarteras y mochilas. Nadie tenía la culpa. Sus empleos y sus jefes les ahogaban en deudas cobradas con su tiempo, que es sin duda el más valioso de los tesoros. En ocasiones analizaba el reflejo borroso que devolvía la ventana del vagón, pero apenas lograba encontrar sus ojos caoba entre el frondoso bosque de brazos asidos a las agarraderas. Con los años había aprendido a reconocer a esos pervertidos que, aprovechando el apelotonamiento y los frenazos, se te arrimaban con disimulo para meterte mano. Había escuchado que un remedio de antaño era pincharles con una aguja, pero eso le daba mucha vergüenza, así que prefería usar su estuche de guitarra a modo de escudo. Se miró de nuevo en el cristal, esta vez con mayor detenimiento: el pelo demasiado largo, las puntas encrespadas, las ojeras. Había confiado en los minutos previos al concierto que tenía aquella noche para maquillarse. Su aspecto descuidado la convenció de que ella no era sino otra pincelada más en aquel extraño cuadro impresionista que devolvía el cristal. Sabía que seguramente su situación era más precaria que la de la mayoría de sus compañeros de vagón, y por eso evitaba considerase mejor que nadie. Su sueño era vivir de la música, de su vocación, aunque a menudo creía olvidar el significado de aquella palabra, sobre todo después de noches como la que viviría a continuación. Noches que la incitaban a pensar que quizás tenía que dedicar su vida a cualquier otro oficio menos al de la guitarra flamenca.
La lluvia caía con fuerza aquella fría noche de febrero en el barrio de Lavapiés, lejos de los edificios de oficinas de Madrid. Los curiosos que pasaban por allí, apremiados por la necesidad de encontrar cobijo, aprovechaban para refugiarse del chaparrón en el espacio creativo de «La Plaza», en cuya pequeña sala de exposiciones se inauguraba una muestra de arte abstracto de un pintor del barrio. Sin embargo, no era eso lo único que llamaba la atención de los visitantes empapados, ya que el sonido de una música rítmica y folclórica se filtraba desde el sótano y se escapaba hasta la calle con la urgencia del humo de un incendio. Aquel poderoso sonido era capaz incluso de competir con el chapoteo de la lluvia, sin tener reparo alguno en los goterones que machacaban los adoquines de la calle con furiosa insistencia. Una música exótica, misteriosa, casi tribal, tan salvaje que era imposible de ignorar. Bajando por una empinada escalera sin barandilla de techo bajo, casi tan angosta como una rampla inclinada de una mina de carbón, se podía conocer el origen de semejante algarabía: el cuadro flamenco de Carmen de Pedro daba su primer concierto en aquel sótano. El subterráneo, de decoración sencilla a base de paredes de ladrillo visto, no tenía más que una barra pequeña al fondo, donde un camarero joven se afanaba en saciar la sed de los asistentes con un único grifo de cerveza. Sin embargo, la austera y espartana apariencia de aquel recodo madrileño quedaba revestida de azulejos, claveles y mantones de Manila gracias a aquellos compases tan flamencos que rememoraban aires de Andalucía.
El humo de tabaco infestaba el lugar y nublaba la luz de un foco cenital, que iluminaba un escenario minúsculo donde se apretaban los músicos del espectáculo flamenco. Aquel dichoso halógeno molestaba la visión de Carmen, que bastante tenía ya con tocar la guitarra encajonada en el espacio liliputiense que podía ocupar. El sudor que le resbalaba por la frente en aquellos extenuantes compases finales era tan molesto como un dedo en el ojo, por lo que decidió guiarse por el sonido de su guitarra y por la percusión de los pies de la bailaora, acompañados también por las palmas del cantaor y el manoteo del cajón flamenco. Pese a estar enjaulada en un cuadrado de metro por metro de tarima hueca portable, la bailaora consiguió mover sus manos con la gracia y la elegancia de un cisne, para después zapatear con rabia, fuerza y dolor el final de su intervención. Aquellos tablones portátiles, aguerridos en incontables combates flamencos, recibían sus envestidas con entereza y sin retroceder. El cajón había abandonado ya el toque de bulería a doce por el de caballito, a dos por cuatro, para aumentar la presión rítmica de una olla exprés a punto de estallar.
Pese a que en Andalucía se decía que la bulería era la burla del compás, como Carmen corroboraría en breves instantes, todo eran burlas hasta que se sucumbía a la inmisericorde tiranía del compás. La guitarrista podía sentir que el remate de la bailaora estaba cerca, por lo que tanto su guitarra como sus ojos escocidos por el sudor trataban de captar la intención de los taconeos con el afán de un gato hambriento a la caza de un ratón de campo. La carretilla que marcó su amiga, que sujetaba ahora su vientre con ambas manos mientras avanzaba pulgada a pulgada con un taconeo sostenido y atresillado, tan frenético como una locomotora a toda máquina, precedió a un rápido chaflán hacia atrás y hacia el lado; dos medias con el metatarso del pie, primero izquierdo, y luego derecho con más fuerza, y otro redoble más, raudo y preciso como una metralleta, que cortó en seco con dos acentos férreos.
Prá, Pum… Pum, ¡Prá!
Le siguió un marcaje con el zapato derecho atrás y otra contra más. Luego dibujó un abanico precioso con las manos en el aire, y se las pasó por la cara, nada que ver con el infame braceo de «recoge la manzana del árbol, la muerde y la tira», nadie puede bailar recogiendo fruta de un manzano; la bailaora se encargaba de demostrar que bracear era mucho más que eso. Palmada fuerte al aire, dos al pecho y dos en los muslos, como si su cuerpo se hubiera convertido en un tambor, y un último tacón a tierra, que cerraba su marcaje con un remate final.
—¡Óle! —le reconocieron al unísono sus compañeros de escenario.
Aquella bella y violenta patá de la bailaora, acabada con los brazos en alto, produjo una cálida reacción en el escaso público, que parecía que acabara de despertar del letargo. El detalle de cierre dio paso a que Carmen de Pedro La Carmencita clausurara el fin de fiesta por bulerías con el sonido de su guitarra. El cajón pasó a marcar un seis por ocho relajado en la bulería, para dejar todo el espacio que la guitarrista necesitara para su pregón, mientras que su cejilla flamenca, similar a una estampilla de madera de oficina, estaba fija en el traste cuarto. Todo estaba listo para terminar esas bulerías que Carmen decidió culminar con la falseta más bonita que sabía tocar, su as en la manga. Era un trocito breve de su composición más personal, que tomaba inspiración en la añoranza de la tradición de los maestros flamencos con toques arabescos y orientales. Según creía ella, esa composición era la parte más virtuosa de su recital y por lo tanto la que más nervios le producía tocar en público. Aquella pieza la había titulado como: ‘Capricho Extremeño’, en honor a su propio origen pacense y, principalmente, al Capricho Árabe del gran compositor de guitarra clásica Francisco Tárrega. Contaba la leyenda que el talento de Tárrega fue tal, que Antonio de Torres, reconocido por la historia del siglo diecinueve como el primer fabricante de la guitarra española moderna, le hizo entrega de una de sus mejores construcciones como ofrenda por su destreza guitarrística.
Aquella noche era el debut de Carmen como líder de un cuadro flamenco, con toda la responsabilidad de organización y exposición al fracaso que ello conllevaba. Por ello, a lo largo de aquella velada Carmen había tocado las mejores falsetas que había estudiado durante años y que le habían conferido a su toque influencias de los rasgueos jerezanos de Parrilla de Jerez, ubicados en el toque por medios. Las enseñanzas recibidas a lo largo de los años se habían acumulado en su cabeza como una lista de la compra inabarcable. Había tratado de dejar espacio suficiente para el silencio y la pausa, como le había enseñado su viejo maestro del conservatorio de Córdoba, «son tan importantes las notas que se tocan como las que no se tocan», y había intentado que las melodías fluyeran por las cuerdas de su guitarra como el jinete que corta las riendas a su mejor pura sangre para que galope libre. Sin embargo, quizás, justoesehabía sido el problema, ya que «la potencia sin control no vale nada», lección que aquella noche había pasado por alto. Lo cierto era que, en ese momento culminante del concierto, Carmen se hallaba vomitando todo el mejunje de conocimiento que había recopilado durante años. «Hay que tocar con temple y pureza, con sabor y dulzura, con soniquete, con aire, con intención y ritmo férreo, pero sin tener prisa para no sobrecargar demasiado el mensaje», conceptos que habían estado presentes durante el concierto como si fueran miembros de un tribunal. Incluso había recordado el famoso tópico de «menos es más», que sus profesores flamencos y clásicos le habían repetido hasta la saciedad; pero aquella era su noche, no podía aplicar esa máxima, tenía que poner toda la carne en el asador, tenía que mostrar todo lo que sabía, tenía que vaciar todos los cargadores de su fusil. Aun así, ningún músico está preparado para las zancadillas que puede hacerle su propia mente.
Su cuerpo sintió que la conclusión estaba cerca. Rasgueó dos veces en la contra de los tiempos siete y ocho para avisarles a sus compañeros del cierre próximo, y arriesgó con el último y rápido picado con índice y dedo corazón. Notó justo entonces que había perdido por un instante el compás, y esa ligera sospecha acabó por confirmarse justo después. Saltaron todas las alarmas, y aunque quiso recuperar el ritmo, se percató de que ya era demasiado tarde. Al abrir los ojos para mirar a su querida Juani, la bailaora que le daba marcaje a las palmas en aquel momento junto al cajonero y el cantaor, ella le confirmó la realización de la peor de sus pesadillas: se había cruzado con el compás del resto de manera grave. El compás, esa sombra tan esquiva como una liebre, que los flamencos persiguen a menudo con la lengua fuera, podía ser a veces fiel amigo y otras despiadado e inmisericorde enemigo. El compás es capaz de honrar con una medalla a los que lo llevan bien dentro, fruto de un arraigo natural y del estudio de la rítmica, y de segregar a los que no lo tienen con un hierro de marcar ganado en carne viva. Nadie quiere pertenecer a ese segundo grupo.
No hay peor deshonra para un flamenco que perder el compás.
Pese a que la espalda de Carmen estaba bañada en sudor por el intenso calor que hacía en el sótano, al darse cuenta de su error rítmico tan garrafal, sintió perfectamente el jarro de agua fría que le cayó encima. Antes de que pudiera reajustarse a los doce tiempos de la bulería, llegó el cierre al diez, marcado muy fuerte por el cajonero, quizá a modo de llamada de socorro, pero ella lo ejecutó tarde también. Sabía lo que iba ocurrir a continuación, y eso la aterró: en efecto, al caer la tierra, si el guitarrista es bueno suele ocurrir que el público flamenco se lo recompensa con un sonoro «¡Óle!», pero ella no obtuvo más que un silencio sepulcral de la pequeña sala como respuesta a su falseta. Nadie reaccionó tras el remate, y eso le congeló el corazón.
Tan sólo escuchó la voz de Juani tras el corte:
—¡Óle, Carmen!
La aislada arenga de su amiga había llegado un compás después y no por aclamación de su virtuoso toque de guitarra, sino por cubrirle las espaldas. Le había lanzado un flotador salvavidas para que no se hundiera, pues era evidente que el público no había conectado con la falseta de la guitarrista y todo había quedado emborronado y confuso tras el cierre desafortunado de la frase anterior.
Es bien sabido que el ritmo es el elemento más reconocible para cualquier oyente, tenga o no formación musical; si se produce un problema de rítmica, cualquiera puede detectarlo gracias a esa intuición prehistórica tan universal como el latido del propio corazón. En cambio, eso no sucede con la melodía y la armonía, que pueden requerir de una mayor disciplina auditiva del oyente para que detecte un error. Por esa razón, Carmen entró en pánico por haber cometido el terrible desajuste rítmico justo en aquella parte tan importante de la bulería, y abrió los ojos para buscar de nuevo la mirada de su amiga con horror. Juani trató de no hacer madera del árbol caído, y la sonrió y la jaleó de nuevo, mostrando sus palmas a compás casi a la altura de su cara, como si con ello quisiera reconducirla al camino correcto que le estaban marcando los demás. Mientras que sus ojos aleccionaban a Carmen para que volviera al compás, sus labios le cubrían las espaldas de nuevo.
—¡Canela en rama, Carmen, di que sí!
—¡Aire! —Se unió para apoyarla el percusionista del cajón flamenco que, como principal responsable de la consistencia del ritmo, trataba también de subsanar el tremendo error de la guitarrista.
Carmen sintió entonces la necesidad de recolocarse en la silla. De repente estaba incómoda y muy tensa en los hombros. Notó incluso que la uña del dedo corazón de la mano derecha se había resquebrajado, pero no podía detenerse en ese detalle en aquellos momentos. Tenía que salir del paso como fuera. Su perversa mente, que siempre se ponía en lo peor, la exigió que recondujera la bulería de manera inmediata o sería el hazmerreír de aquel lugar y nadie volvería a llamarla jamás. Estaba sumida en una terrible duermevela, una pesadilla que la petrificaba y de la que era incapaz de despertar. Las notas de los fraseos de su Capricho Extremeño, la falseta más bonita que había compuesto en toda su vida, estaban quedando horribles, sucias, con los arpegios atropellados y los rasgueos faltos de peso alguno. Además, había pasajes enteros que se le estaban olvidando y los estaba salvando por los pelos con rasgueos genéricos para cubrir de sonoridad su ristra de traspiés cada vez más notorios; al igual que cuando se trata de barrer la suciedad del piso bajo una alfombra. Sentía las manos frías, a pesar de haber tocado ya un concierto completo, y sólo deseaba que todo acabara para bajarse de aquel escenario cuanto antes.
—¡Tu pelo! —jaleó el cantaor de manera tímida y automática, como por compromiso.
—El sol de España, Carmen de Pedro, ¡ársa! —le animó una vez más Juani, que la acompañaba en aquellos últimos compases con las palmas agudas, redoblando a contra de vez en cuando con las palmas que también daba el cantaor.
La guitarrista se percató de que los jaleos, aquellos óles del público que caen a la tierra del compás tras un cierre, habían sido demasiado pobres a lo largo de toda la velada. Sabía que eso se traducía en una actuación mediocre para el mundo del flamenco, según dirían los puristas, ya que el éxito se mide en el nivel de los decibelios que alcanza un óle del público. La abundancia de jaleos era capaz de sacar al flamenco a hombros por la puerta grande, mientras que su ausencia señalaba la puerta de atrás con buenos modales. El jaleo Óle era, además, una herencia andalusí del árabe Allah, en llamamiento a Dios, lo cual le resultó a Carmen indicativo de que ningún dios había acudido en su ayuda aquella noche. Para mayor deshonra, sabía que el público solía recordar sólo el principio y el final de un recital, al igual que el primer bocado que se prueba en un restaurante ayuda a romper el ayuno del comensal y el postre le deja un dulce sabor de boca al marchar.
La intensa percusión del cajonero, del cantaor y de Juani, que redoblaban palmas durante los compases finales con gran energía y exactitud, llegó a su clímax cuando Carmen alzó la guitarra como seña para cerrar con un último rasgueo en la tónica de La mayor del toque por medios.
Pum, Pum, ¡Pataprá!
El suplicio por fin había terminado.
[Fin del extracto…]
